Daily Bread

Juan 17:17 – << Santifícalos en Tu verdad; Tu palabra es verdad. >>

Cuando miramos en la Biblia, descubrimos que la santificación es el acto de Dios de apartar algo para Él mismo.  Una revelación profunda al significado de santificación (como se relata al pueblo de Dios) se encuentra en Éxodo 19.  Dios se estaba preparando para revelarse a toda la congregación de Israel; y por eso demandó que se santifiquen ellos mismos en preparación para reunirse con Él.  Es aquí donde comenzamos a entender que santificación es lo que Dios demanda – si vamos a reunirnos con Él.  Dios, en Su misericordia y amor, nos da Su palabra, Sus instrucciones de lo que tenemos que hacer; y si obedecemos, nos encontramos a nosotros mismos habiendo sido preparados y hechos aceptables para venir adentro del lugar de reunión con Él.  Dios es Santo, y Él demanda que todo él que se acerca a Él sea santo también.  Hombres no pueden tenerlo en sus propias maneras:  ellos han sido contaminados y ensuciados con las cosas de este mundo.  Todo él que se acerca a un Dios Santo, quien es dedicado a la vida y pureza, tiene que ser santificado (Levítico 10:3).

Otra revelación al significado de santificación es una consagración de destruir todo pecado y rebelión de nuestro alrededor.  Israel se contaminó, e hizo un becerro de oro mientras Moisés estaba reuniéndose con Dios.  Cuando Moisés retornó, él dio a todos una oportunidad a consagrarse a Dios otra vez.  Él llamó a todos, quienes desean seguir al Señor, para venir y estar firme con Él.  Aquellos, quienes se negaron a estar separados para el Señor y persistieron en tener sus ídolos y sus propios caminos – Moisés mandó a los Levitas para destruirlos (Éxodo 32:25-29).  Dios demanda que nos abstengamos de deseos carnales y de los caminos malvados.  Aunque somos santificados por Sus propias obras poderosas, Él todavía demanda que nosotros mismos nos guardemos del pecado (1 Juan 5:18; 1 Tesalonicenses 4:4).  Deberemos considerarlo un gran honor ser permitidos de tener aquellas cosas que Dios nos ha dado libremente.  Nuestra respuesta a Él debe ser una entrega completa a todo lo que Él manda.

Dios, en Su gran amor, nos ha santificado por Su propio poder.  Somos santificados por la palabra de Dios, y nos mantenemos santificados en obediencia a ella (Juan 17:17; Efesios 5:25-26).  Somos santificados en Jesús, quien pagó nuestra deuda de pecado apartándose Él mismo a una muerte en una cruz (Juan 17:19; 1 Corintios 1:2; Hebreos 2:11; 10:10).  Nuestra santificación está en Su sangre, y en Su vida impartida en nosotros (Hebreos 10:29; 13:20-21).  Somos santificados por el Espíritu Santo, y por Dios, el Padre, también (1 Corintios 6:11; 1 Pedro 1:2; Judas 1:1).  Nuestra santificación incluye nuestro espíritu, alma y cuerpo:  porque Jesús lo compró todo (1 Tesalonicenses 5:23; 1 Corinitos 6:20).  Lo que Dios santifica es santo, y Él demanda que lo mantenga santo (Levítico 11:44; 20:7; 1 Pedro 1:16).

Lo que es santificado es dedicado:  pagado con un rescate y un precio; y pertenece a Dios.  Lo que pertenece a Dios, lo que Él ha comprado, no puede ser usado para cosas profanas ni contaminadas con el pecado.  Es una cosa consagrada, una cosa santa, es la propiedad exclusiva de Dios (Números 8:17).  Esos, quienes han sido redimidos, fueron comprados con un precio, y nunca más pertenecen a si mismo; sino son la propiedad de Dios (1 Corintios 6:20; 7:23; 1 Pedro 1:18; Efesios 1:13-14; 2 Corintios 1:22; 5:5).  El Padre puso un valor sobre el alma del hombre, y luego Él pago todo el precio.  Algunos pueden decir, << ¿Cuál fue mi valor? >>  Él fijó un precio mucho más alto.  Nuestro rescate fue pagado por la sangre de Su Hijo Unigénito.  Jesús tiene derecho a demandar que nunca más vivamos de nuestra propia voluntad, sino totalmente seguirlo (Juan 1:13; 1 Pedro 4:1-2).  Somos Sus vasos de justicia, Sus hijos de honor, y deberemos mantenernos y permanecer en Él.  Somos Sus testigos en la tierra, y deberemos santificar Su nombre.  Somos el ejemplo de Su voluntad y Sus caminos; ellos no deben ser contaminados.  Hemos sido purificados de todo los contaminantes de un mundo malvado y perverso – y ¡nos ha dado el honor glorioso de permanecer en Él!

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Pastor Mark Spitsbergen

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Romanos 4:25 – "el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación."

La muerte de Jesús removió el pecado del mundo entero, para que todos los hombres puedan entrar a la presencia prohibida de Dios, quien es "¡Santo, Santo, Santo!" (Éxodo 19:12; 1 Juan 2:2; Juan 3:16; Colosenses 2:14; Efesios 2:14; Romanos 5:18)  Dios ha proclamado a todos los hombres, por todas partes, a los que están cerca de Él y a los que están lejos: "¡Entra a Mi presencia!" (Efesios 2:17; Isaías 57:19)  Cristo Jesús puso a lado la ley de condenación y cada testimonio contra el hombre; y por Su sangre hizo que Su vida y el Espíritu Santo fueran disponible a todos.  Él destruyó el pecado, y proveyó acceso a todos quienes tienen un corazón voluntario a entrar a la presencia de Dios y contemplar Su vida y bondad (1 Juan 3:8; Romanos 5:2; Efesios 3:12; Hebreos 10:19).

Hemos sido traídos a Su presencia, y dados al compañerismo con Él – para que podamos aprender los caminos de Su vida.  Es aquí, en la presencia del Señor, que deberemos escoger los caminos del Altísimo.  Muchos han venido y vieron la gloria, pero no han tenido un corazón voluntario para estar enseñados en los caminos de Dios.  En lugar de caer en amor con la belleza de Sus caminos, han escogido a continuar en la fealdad del pecado y la muerte.  Dios no ha cambiado Su opinión del pecado.  Aquellos quienes continúan en el pecado, todavía son dignos de muerte (Efesios 5:6; Romanos 1:18, 32; 6:16, 23; Colosenses 3:6).  La iniquidad y toda injusticia no heredarán el reino de Dios (Efesios 5:5; Gálatas 5:21).

Así como la muerte de Jesús destruyó el pecado, y nos dio acceso a la presencia de Dios - ¡Su resurrección nos ha traído el ministerio de justicia! (2 Corintios 3:9; 5:17; Romanos 3:21-22; 8:4; 10:3; Efesios 4:24)  El ministerio del Espíritu de Santidad ha venido a llenar aún el pecador más vil, para que ellos puedan ser enseñados en los caminos de Dios (Juan 6:45; 1 Juan 2:27; Hechos 15:9; Romanos 10:12; 15:13-15).  Aquellos quienes quieren creer y enseñar que Dios, de alguna manera, no está en expectación de la obediencia de esos quienes han recibido tan abundancia de gracia, han fallado a ver la naturaleza de Dios y Su santidad.  Dios manda a todo hombre, por todas partes, que se arrepientan y salgan de sus pecados; y ha otorgado a nosotros la misericordia y la habilidad de ser enseñados por Dios (Hechos 17:30; Salmo 1:6; 145:17; Juan 14:15, 21; 15:10).  Hemos sido levantados juntos con Jesús a caminar en una vida nueva – Su justicia  (Romanos 6:4; 14:17; Colosenses 3:1; Efesios 2:6; 1 Juan 2:29; 3:7, 24).

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Pastor Mark Spitsbergen

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2 Pedro 3:13 - "Pero nosotros esperamos, según Sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia."

Hoy todos los redimidos del Señor deben de estar cooperando con Cristo Jesús en traer la manifestación del reino de Dios.  La promesa del Padre es que todo pecado y rebelión estarán arrojados, y el último enemigo, la muerte, estará destruida para siempre.  El cielo nuevo y la tierra nueva estarán revelados últimamente después que los otros dos eventos grandes sucedan:  la tribulación de Apocalipsis 4 a 19, y el subsiguiente evento que sucederá inmediatamente después – el reino de Cristo por mil años.  Los cielos nuevos y la tierra nueva empezarán existir después de los mil años del reino de Cristo – y luego, el juicio final al fin de ese período (Apocalipsis 20:11, 13; 21:1; 2 Pedro 3:7; Daniel 7:10; Judas 1:6; Isaías 65:17).  Durante los mil años del reino de Jesús, Él juntará todas las naciones a Él, separándolas como un pastor divide sus ovejas de las cabras (Mateo 25:31; Apocalipsis 20:4).  Durante ese tiempo, Jesús reinará con una vara de hierro – nada sino la voluntad del Padre será permitida.  La palabra de Dios reinará soberanamente y absolutamente hasta que el último enemigo, la muerte, esté destruida (1 Corintios 15:24-29).

Los santos, quienes tienen parte en la primera resurrección, también reinarán juntos con Jesús durante este tiempo; como dijo Pablo – juzgaremos al mundo (1 Corintios 6:2; 2 Timoteo 2:12; Mateo 19:28; Apocalipsis 1:6).  Cuando los mil años están terminados, Satanás estará suelto por un tiempo, y todas las naciones estarán reunidas juntos una vez más contra Dios y Sus santos (Apocalipsis 20:7-10).  Esta rebelión final precipitará el juicio final.  En ese tiempo la segunda resurrección sucederá, y todos los muertos injustos estarán levantados.  Aquellos, quienes vivieron durante los mil años del reino de Cristo, juntos con los de la segunda resurrección, estarán ante el gran trono blanco (Apocalipsis 20:11, 15; Mateo 25: 31-34).  Todas quienes no están encontrados en el libro de la vida, estarán lanzados al Lago de Fuego, incluyendo Satanás y todos sus ángeles (Apocalipsis 20:10, 11-14).  Después de estos eventos, el universo será sellado con la justicia de Dios.  La tierra y todas sus obras serán quemadas, y Dios hará un cielo nuevo y una tierra nueva donde solamente mora la justicia (Apocalipsis 21:1; Isaías 51:6; 65:17; 66:22; 2 Pedro 3:7-13; Salmo 46:2; 102:25-26; Mateo 24:35; Marcos 13:31; Hebreos 1:11-12; Nahum 1:5).  La nueva Jerusalén vendrá del cielo, y los hombres vivirán para siempre en la gloria del Dios Todopoderoso, quien reinará por siempre y para siempre (Apocalipsis 21:1-4, 10-27; 22:1-5).  Hoy todos nosotros deberíamos estar buscando y cooperando con Dios en traer este evento glorioso (2 Pedro 3:12).

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