Daily Bread

Romanos 3:25 – "a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en Su sangre, para manifestar Su justicia, a causa de haber pasado por alto, en Su paciencia, los pecados pasados."

El enojo de Dios quema contra el pecado y la muerte, porque Su alma los odia intensamente.  Por Su longanimidad y paciencia, Él ha tolerado el estado pecaminoso del hombre:  hasta que llegara el tiempo que Él pudiera revelar Su bondad y proveer una manera por lo cual los pecados del hombre pudieran ser borrados (2 Pedro 3:9; Hechos 17:30).  La palabra que ha sido traducida “propiciación”, el cual se refiere a un sacrificio que fue hecho, actualmente es la palabra usada por la “silla de misericordia” (propiciatorio)  en el Antiguo Testamento (hebreo – “kapporeth”, y griego – “hilasterion”).  El propiciatorio era la tapa del Arca, sobre el cual los ángeles querubines estaban parados , en el cual la nube de la gloria de Dios vendría a descansar (Éxodo 25:19-22; 2 Reyes 19:15; Salmo 80:1; 99:1; Isaías 37:16).  Sobre el propiciatorio, la sangre de la ofrenda del pecado estaba puesta ante la nube de la gloria de Jehová (Levítico 16:2; Números 7:89).  La ira de Dios que quema con un fuego e indignación contra el pecado fue satisfecho cuando Él vio la evidencia que el pecado había sido destruido.  La evidencia que la cosa profana era matada fue la sangre rociada ante Su presencia.  Jesús fue esa ofrenda del pecado – y fue Su sangre que purgó las cosas en el cielo y en la tierra (Hebreos 9:23-24).  La sangre actuaba como un detergente divino cuando estaba  puesta sobre el propiciatorio, y purificó el lugar, donde moraría Dios, de la contaminación de los pecados de Su pueblo (Levítico 16:16).

Jesús apareció por el único propósito de quitar el pecado de todos los que pondrían su fe en Su sangre (Juan 1:29, 36; 1 Juan 3:5; Apocalipsis 1:5; Hebreos 1:3; 1 Pedro 2:24; Colosenses 2:11).  Es tan importante que reconozcamos que Él removió nuestros pecados, Él no solamente los cubrió.  Nuestro derecho a estar firme ante el Dios Todopoderoso, y aún más, tener un lugar de unión con Él, vienen por la fe en la sangre – la fe, que la sangre de Jesucristo ha removido nuestros pecados.  Aunque nuestros pecados eran como la tinta escarlata, Su sangre ha lavado todos los pecados.  Donde estaba la mancha sangrada del pecado, nuestras vidas han sido hechas más blancas que la nieve; completamente purificadas por la sangre de redención (Isaías 1:18; Hebreos 1:2-3).  Por la sangre de Jesús, tenemos acceso al lugar más Santo de todo, y también nos ha dado un lugar para morar allí (Hebreos 10:19; 12:22; Efesios 2:6; Apocalipsis 1:5-6).  Si no creemos que nuestros pecados están removidos, nosotros no tenemos fe en Su sangre, y ¡no tenemos derecho a estar firme ante Dios!  Así como fue en el propiciatorio que Dios se encontraría con el hombre, es ahora en la cruz de Cristo, donde Él se encuentra con nosotros – el lugar donde Jesús quitó nuestros pecados (Colosenses 1:20-22; 1 Pedro 2:24).  Entonces, venga a Jesús, donde Su limpieza puede ser encontrada.

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Pastor Mark Spitsbergen

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Éxodo 12:13 – "Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto."

La sangre que redime y protege es la sangre del pacto.  La sangre del cordero de la pascua representó la sangre de Jesús.  En esa noche en Egipto, el Dios Todopoderoso hizo una diferencia entre Su pueblo del pacto y todos los otros pueblos de la tierra.  Fue la sangre del pacto que los separó.  Donde la sangre del pacto fue aplicada, la muerte no tenía poder para reclamar sus almas (Éxodo 12:23; Hebreos 11:28).  Un evento similar sucederá a cada persona individualmente.  Un día, la muerte vendrá a reclamar a usted; pero si la sangre de Cristo ha sido aplicada a su vida, el poder de la muerte y el infierno no tendrán derechos.  La protección del pacto de Dios, Su sangre que da vida, es el poder supremo sobre todo los poderes de la muerte.  Satanás no puede alcanzar más allá de la sangre y llevarlo a su plaga de la muerte segunda:  donde él reinará en el infierno.  Más bien, los ángeles del Señor vendrán y lo llevarán a la presencia del Señor (Lucas 16:22; 2 Corintios 5:8).  Esos, quienes no pertenecen al pacto hecho por la sangre de Jesús, están bajo el poder y reino de la muerte; pero esos sobre quienes la sangre ha sido aplicada son sellados por el Espíritu y son protegidos.  Solamente es por la sangre del pacto que el pecado y la transgresión pueden ser eliminados – y el alma rescatada en el día del juicio (Mateo 26:28; Hechos 26:18; Efesios 1:7; Hebreos 9:22; 1 Juan 1:7, 9).

Cristo Jesús, quien es nuestro Cordero de la Pascua, invita a todos a recibir Su protección y venir bajo Su cuidado (1 Corintios 5:7; Juan 19:14).  Cuando invocamos el nombre de Jehová, la sangre que Él derramó en la cruz es aplicada inmediatamente a nuestras vidas; tanto como fue aplicada a esas casas en Egipto.  La sangre llega a ser la marca distinguida sobre nuestras vidas, tanto como era en Israel en ese entonces.  La sangre puede ser vista por Dios y el destructor.  La sangre de Jesús nos provee comunión y compañerismo con Dios:  impartiendo a nosotros la vida de Cristo (Mateo 26:28; Lucas 22:20; Juan 6:53-56; 1 Corintios 10:16).  Es por la sangre de Jesús que venimos al ramo del Espíritu y estamos firmes en el lugar Santísimo (Hebreos 10:19).  En la misma manera que Moisés roció la sangre sobre el pueblo, dejen que la sangre de Jesús sea rociada sobre sus corazones y mentes, hoy y cada día por el resto de sus vidas (1 Pedro 1:2; Hebreos 9:19,21; 1 Juan 1:7).

Es por la sangre del pacto que hemos sido librados del Egipto (que es, esclavitud) de este mundo.  Por Cristo Jesús hemos sido sacados del ramo de tiniebla, y trasladados a la tierra prometida del reino del Hijo amado (Colosenses 1:13; 1 Pedro 2:9; Efesios 2:3-6; Hebreos 9:14; 1 Juan 2:8; Romanos 6:18, 22).  Satanás, y todas sus fuerzas demoníacas, no pueden venir y robarnos; ellas no nos pueden alcanzar más allá del poder de la sangre.  La fortalezas demoníacas han sido arruinadas para siempre por esos quienes vivirán por la sangre de Jesús (Juan 6:53; 12:31; 16:11; Colosenses 2:15).  La vida que ahora vivimos es la vida de Jesús – impartida por Su sangre (1 Juan 5:8, 11-12).  Hemos sido hechos hueso de Su hueso, y carne de Su carne, hechos y formados por Él (Efesios 5:30).  Todo lo que Dios nos ha suplido – vida nueva, Su Espíritu, salud y prosperidad – es suplido por la muerte de Su Hijo Unigénito, ¡por la sangre del Calvario (2 Corintios 13:14; 1 Corintios 10:16; Juan 6:53-56; Romanos 8:2; 1 Juan 1:7)!

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Juan 17:17 – << Santifícalos en Tu verdad; Tu palabra es verdad. >>

Cuando miramos en la Biblia, descubrimos que la santificación es el acto de Dios de apartar algo para Él mismo.  Una revelación profunda al significado de santificación (como se relata al pueblo de Dios) se encuentra en Éxodo 19.  Dios se estaba preparando para revelarse a toda la congregación de Israel; y por eso demandó que se santifiquen ellos mismos en preparación para reunirse con Él.  Es aquí donde comenzamos a entender que santificación es lo que Dios demanda – si vamos a reunirnos con Él.  Dios, en Su misericordia y amor, nos da Su palabra, Sus instrucciones de lo que tenemos que hacer; y si obedecemos, nos encontramos a nosotros mismos habiendo sido preparados y hechos aceptables para venir adentro del lugar de reunión con Él.  Dios es Santo, y Él demanda que todo él que se acerca a Él sea santo también.  Hombres no pueden tenerlo en sus propias maneras:  ellos han sido contaminados y ensuciados con las cosas de este mundo.  Todo él que se acerca a un Dios Santo, quien es dedicado a la vida y pureza, tiene que ser santificado (Levítico 10:3).

Otra revelación al significado de santificación es una consagración de destruir todo pecado y rebelión de nuestro alrededor.  Israel se contaminó, e hizo un becerro de oro mientras Moisés estaba reuniéndose con Dios.  Cuando Moisés retornó, él dio a todos una oportunidad a consagrarse a Dios otra vez.  Él llamó a todos, quienes desean seguir al Señor, para venir y estar firme con Él.  Aquellos, quienes se negaron a estar separados para el Señor y persistieron en tener sus ídolos y sus propios caminos – Moisés mandó a los Levitas para destruirlos (Éxodo 32:25-29).  Dios demanda que nos abstengamos de deseos carnales y de los caminos malvados.  Aunque somos santificados por Sus propias obras poderosas, Él todavía demanda que nosotros mismos nos guardemos del pecado (1 Juan 5:18; 1 Tesalonicenses 4:4).  Deberemos considerarlo un gran honor ser permitidos de tener aquellas cosas que Dios nos ha dado libremente.  Nuestra respuesta a Él debe ser una entrega completa a todo lo que Él manda.

Dios, en Su gran amor, nos ha santificado por Su propio poder.  Somos santificados por la palabra de Dios, y nos mantenemos santificados en obediencia a ella (Juan 17:17; Efesios 5:25-26).  Somos santificados en Jesús, quien pagó nuestra deuda de pecado apartándose Él mismo a una muerte en una cruz (Juan 17:19; 1 Corintios 1:2; Hebreos 2:11; 10:10).  Nuestra santificación está en Su sangre, y en Su vida impartida en nosotros (Hebreos 10:29; 13:20-21).  Somos santificados por el Espíritu Santo, y por Dios, el Padre, también (1 Corintios 6:11; 1 Pedro 1:2; Judas 1:1).  Nuestra santificación incluye nuestro espíritu, alma y cuerpo:  porque Jesús lo compró todo (1 Tesalonicenses 5:23; 1 Corinitos 6:20).  Lo que Dios santifica es santo, y Él demanda que lo mantenga santo (Levítico 11:44; 20:7; 1 Pedro 1:16).

Lo que es santificado es dedicado:  pagado con un rescate y un precio; y pertenece a Dios.  Lo que pertenece a Dios, lo que Él ha comprado, no puede ser usado para cosas profanas ni contaminadas con el pecado.  Es una cosa consagrada, una cosa santa, es la propiedad exclusiva de Dios (Números 8:17).  Esos, quienes han sido redimidos, fueron comprados con un precio, y nunca más pertenecen a si mismo; sino son la propiedad de Dios (1 Corintios 6:20; 7:23; 1 Pedro 1:18; Efesios 1:13-14; 2 Corintios 1:22; 5:5).  El Padre puso un valor sobre el alma del hombre, y luego Él pago todo el precio.  Algunos pueden decir, << ¿Cuál fue mi valor? >>  Él fijó un precio mucho más alto.  Nuestro rescate fue pagado por la sangre de Su Hijo Unigénito.  Jesús tiene derecho a demandar que nunca más vivamos de nuestra propia voluntad, sino totalmente seguirlo (Juan 1:13; 1 Pedro 4:1-2).  Somos Sus vasos de justicia, Sus hijos de honor, y deberemos mantenernos y permanecer en Él.  Somos Sus testigos en la tierra, y deberemos santificar Su nombre.  Somos el ejemplo de Su voluntad y Sus caminos; ellos no deben ser contaminados.  Hemos sido purificados de todo los contaminantes de un mundo malvado y perverso – y ¡nos ha dado el honor glorioso de permanecer en Él!

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